UN RESBALÓN QUE FUE CAIDA

2 de junio

Jueves 2 de junio, una mañana de frío en todos buenos aires y yo, con 12 años, listo para ir al colegio con un solo pensamiento: “Que Vélez podía dar vuelta la serie contra Peñarol, porque el equipo de Gareca transmitía eso y nunca debía dárselo por vencido”.

Mi abuelo, que llevaba 6 años acompañándome a la cancha, ya había hecho la fila en el Amalfitani el día anterior para comprar las entradas, así que cada uno con la suya en la mano, partimos 3 horas antes de que empiece el partido porque la ansiedad nos tenía locos, porque el tráfico desde la zona sur de Capital Federal hacia Liniers es una locura y porque íbamos en busca de algún buen lugar en la popular. Llegar tranquilos y temprano era una sana costumbre para nosotros, si lo hacíamos en cualquier partido y hasta fue así en la final contra Huracán en el 2009.

Con la ilusión intacta, entramos al Amalfitani a falta de una hora y media para que comience el partido, con el estadio aun a medio llenar y 10.000 hinchas de Peñarol que ya estaban ubicados en la popular visitante.

El ambiente estaba cargado de tensión, por un lado estábamos todos aferrados a la ilusión de pasar -después de 17 años- a la final de la Copa Libertadores y, por el otro, éramos conscientes de que podía pasar lo peor, aunque nadie lo quería mencionar. La expectativa era inmensa pero el miedo estaba porque la única certeza que teníamos es que estábamos por debajo en el resultado.

Salen los jugadores a la cancha y se da un momento que nos va a quedar en la memoria a todos los hinchas de Vélez. Un recibimiento espectacular, con papelitos blancos, pirotecnia y -lo mas importante- un aliento ensordecedor que al día de hoy te traslada a ese momento de una magia pura que te sigue erizando la piel y emocionando como si lo vivieras una y otra vez.

Arranca el partido y se da la lógica, Vélez domina y Peñarol espera, pero a la hora de pegar, el manya lo hizo primero. Pasada la mitad del primer tiempo, Martinuccio anotó el primero para Peñarol y el sueño comenzaba a desvanecerse, fue un baldazo de agua fría. Mi abuelo me miró y suspiró mirando hacia arriba, entendiendo que de a poco, se nos escapaba una oportunidad única.

Vélez -fiel a su estilo- no dejó de buscar el partido y sobre el final del primer tiempo, encuentra en el gol de Tobio una boconada de ilusión, algo de que aferrarse, porque volvíamos a entrar al partido con un gol que fue psicológico para ambos equipos y para todos los que estábamos en la cancha. Luego de gritarlo y alentar desaforados, cruzamos miradas con mi abuelo y con eso nos alcanzó para convencernos: El sueño seguía en pie y la ilusión intacta.

Termina un entretiempo que duró una eternidad de 15 minutos y arranca el segundo tiempo, la cabeza nos iba a mil y solo pensábamos en algo: “que empiece ya, nosotros podemos”. Llegaron los 20 minutos del segundo tiempo, cuando tres toques le bastaron a Vélez para hacer un golazo y que comience el descontrol. Silva, nuestro goleador, al que más fe le habíamos puesto, empujaba la pelota adentro del arco y todos nos volvimos. Todos se abrazaban con todos, la locura era total y el objetivo estaba demasiado cerca. Mi abuelo, que era de estar siempre atento a mí, se salió de si mismo por un segundo y se agarró con el desconocido de al lado como si fuera su mejor amigo de toda la vida, aunque seguramente a ese alguien nunca más lo volvió a ver.

Ahora sí, ya no era solo fe, la realidad marcaba que estábamos a un solo gol. Nos hicimos dueños y amos del partido, con mucho fútbol y el empuje estremecedor de la gente. Vélez se hizo más fuerte que nunca y fue a buscar incesantemente, hasta que el Burrito Martinez –emblema de ese Vélez e ídolo de una generación- fabricó un penal en nuestro favor y se desató la locura. Estábamos a 12 de pasos de volver a ser finalistas, de revivir lo que habíamos pasado 17 años atrás. Las tribunas explotaban, algunos se abrazaban y otros ya fijaban la vista en el punto de penal. La ilusión era tan grande que todos nos aferramos a algo, incluso hasta el más ateo comenzó a creer en un Dios -sea cual sea- porque a algo le rezábamos para volver a jugar una final. Todo quedaba en los pies de Silva, aquel goleador de la “era Gareca” que vencía a los mejores arqueros con golazos de novela. Santiago había borrado, con clase, calidad y goles, en su segunda etapa en el fortín, todo lo que había hecho mal en la primera, por lo que había motivos de sobra para confiar en él.

Llegó el momento… 3, 2, 1 y afuera. El dolor nos invadió a todos, ver esa pelota salir fue un puñal al corazón para los hinchas, la ilusión se nos murió en un segundo y el mundo se nos vino abajo. Mi abuelo, que había visto a Vélez campeón de América y del mundo, se agarró la cabeza y se sentó en un escalón de la popular mirando al piso porque dentro suyo sabía que se nos había escapado el pase a la final en esa penal errado aunque faltaban más de 15 minutos. Lo cierto es que los demás no pasábamos por una situación distinta a la de él. Nos aferrábamos a cualquier cosa porque la esperanza es lo último que se muere, pero por dentro nos sentíamos afuera y solo quedaba ver como corría el tiempo para que se haga efectivo. Cualquier cosa que modificara el resultado en nuestro favor, pasaba a formar parte de un milagro que nos podía dar este deporte, que venía siendo injusto con un equipo que tenía argumentos de sobra para avanzar, pero con merecerlo no alcanza, y esa vez quedó demostrado.

La tristeza perduró con el tiempo, incluso hoy todavía me duele recordar esa imagen de mi abuelo sentado con las manos en la cabeza, mirando al piso y con su ilusión muerta. Aunque esa noche todo fue dolor, Vélez volvió a sonreír y ser campeón, de hecho, lo hizo 4 veces más desde ese día, pero esa herida no sana, ni sanará, hasta que pueda superar esa instancia en otra copa. Ver que esa final la jugó otro equipo y ni siquiera la pudo pelear, cuando un año después Vélez le hizo un partidazo a quien fue el campeón, te destroza un poco más.

El trago fue amargo pero el amor incondicional por los colores fue más grande y, al partido siguiente, allá estábamos con mi abuelo para alentar dejando levemente atrás lo que paso ese Jueves como lo seguimos haciendo todos los fines de semana desde el lugar que ocupamos hoy. El que es hincha lo es en las buenas y en las malas y -como allí estuvimos todos- más adelante volvimos a estar porque la esperanza es lo último que se muere en una persona. Una esperanza que todos los días nos hace soñar con volver a alcanzar la gloria como lo hizo el equipo de Carlitos hace 25 años.

Martín Etcheverry

@metcheverry99