TOCAR EL TELÓN

TOCAR EL TELÓN

Todavía íbamos a la Popular Oeste. El viejo me llevaba siempre al mismo lugar, contra el costado de Juan B. Justo, arriba de todo, para subirme a sus hombros y agarrarme del cartel PO.

Del día que apareció por primera vez la verdad que no me acuerdo pero sí que cada vez que aparecía el telón de la Fortinental tenía dos grandes deseos: uno sencillo, estar en la platea para verlo en vivo subir y moverse al ritmo de los brazos de la hinchada; el segundo era sostenerlo. Quedaba siempre a un escalón de donde estábamos, aunque cuando lo recuerdo sospecho que mi viejo se corría un poco para no quedar ahí abajo, como sabiendo lo que yo haría.

Siendo un poco más grande, no mucho, me mandé para quedar abajo y que me tape. Imaginaba como se veían mis brazos, empujándolo para arriba al ritmo de la hinchada. Casi que me recuerdo en ese momento de felicidad donde lo único importante era que estaba siendo parte de esos recibimientos que se le hacían al equipo.

Pero lo mejor vino varios años después. Ya en la Este, íbamos justo enfrente del lugar elegido los primeros años. Todavía miraba el cartel con el PO y recordaba estar en los hombros de mi viejo y que no me soltaba por nada. Pasaron los años y ya sus hombros no eran el lugar más cómodo para ver el partido, ni para él ni para mí, así que ya estábamos uno al lado del otro o incluso con alguno del grupito de siempre en el medio. También habían pasado varios campeonatos, las mejores épocas del club y por algún motivo la Fortinental no se había vuelto a ver. Creo que pasaron otras banderas grandes pero, por supuesto, ninguna como esa.

Hasta que un día el movimiento en la previa era distinto. Todo lo que relate de ahora en más, será una mezcla de recuerdos con hechos no chequeados, pero que en mi memoria crean otro enorme momento de felicidad. No me acuerdo el rival, creo que era River o Boca, pero es irrelevante. Es más, puede ser que hasta haya vuelto antes pero en mi memoria, la Fortinental reapareció en la popular una tarde/noche que yo quedé un escalón más abajo y a la izquierda de mi viejo. Como siempre llegamos como dos horas antes, para ver la Reserva, que todavía se jugaba antes que la Primera, y poder acomodarnos tranquilos en el lugar de siempre. Pero algo ya nos hizo movernos: llegaron algunos de los “muchachos de la barra” con una de las banderas grandes, con la idea de cambiar y que esta vez se desenrolle de arriba para abajo. Como si fuese una cuestión del destino, la acomodaron uno o dos escalones debajo de donde estaba yo. La verdad que me hubiese gustado ser al que indicaron como encargado de bajarla, pero a esas banderas nuevas no les tenía (ni tengo) tanto afecto.

La popular se empezó a llenar, los que estaban cerca de la bandera le explicaban a los que iban llegando cómo iba a ser el recibimiento, y trataban de evitar que les muevan las puntas que tenían marcadas. El gran temor era que bajen al revés. Casi toda la previa se habló de aquella vez que un rival, creería que fue San Lorenzokm, bajó un telón boca abajo y los gastamos todo el partido.

Ya estaba oscuro, luces encendidas, mucha gente. Cuando los jugadores están por salir veo que empieza a subir una bandera gigante: se notaba que tenía pedazos de tela muy nuevos y otros viejos, pero las letras azules la hicieron inconfundible. La Fortinental estaba de vuelta en la popular y cada vez más cerca mío. En ese momento me olvidé del partido, dejé de cantar, dejé de moverme, sólo me puse a hacer cuentas para asegurarme que el telón más lindo de todos llegue hasta mi escalón. “Nos cambiaron de popular porque ésta es más grande” se me vino a la cabeza la explicación de mi viejo la primera vez que nos fuimos de la Oeste. Desazón. Si esta tribuna es más grande y en la otra no llegaba, va a ser imposible. Pero ahora no estaba atado a los hombros de mi viejo ni estaba en el último escalón, así que puede llegar, va a llegar. Empiezo a ver que el problema no iba a ser la altura sino que el borde se iba para el medio, me empiezo a correr para la izquierda. No veía la cancha ni la gente que tenía cerca, solamente el borde de esa bandera que por algún motivo había estado guardada muchos años. Cuando la Fortinental se desplegó por completo, quedé perfectamente ubicado en la punta de arriba a la derecha, ahí donde nace esa V hermosa que ocupa toda la tribuna. La agarré con la inocencia de ese chiquito que estaba en los hombros del papá y mientras se sacudía de un lado al otro, sonrío y lo miro a mi viejo que tenía una sonrisa más grande que la mía. Yo cumplía un sueño y él lo sabía.

Llegó el momento de soltarla y es parte de la magia que tiene ese telón. Como se esconde abajo del alambrado y mientras ella baja, aparecen miles de sonrisas como la mía. Después hubo un partido, con algún resultado y la vuelta a casa de siempre, pero lo más importante de ese día fue poder tocar el telón que vi nacer en mis primeros años de cancha.

 

Alejandro Germino

@alegermino

 

Foto @JavierVazquez19